Quien ha visto sabe de qué hablo cuando digo que es bello, dijo Plotino alguna vez. Lo que importa, así, no es tanto que el poeta sea visto sino lo que ese poeta en cuestión ha podido ver. Y, por supuesto, lo que da a ver a sus lectores. Digamos entonces que ojo de ballena de Gabi Olivé arroja una mirada sobre “la provincia más dulce del mundo” que es también un modo de interpretación. Una mirada que no reproduce lo acontecido, sino que al decirlo y traerlo al presente, lo crea y lo sostiene para ganarle una guerra a su destino: “mosquito vuela/ como el espíritu santo/ lleva mi sangre/ como un tesoro/ un aplauso rompe mi cadena genética/ algo en mi rostro ya no funciona/ se me nota la poesía”.
Entre el trayecto o la pirueta verbal que va del mosquito al espíritu santo se juega lo que la mirada de la poesía puede hacer con el peso de la literatura. Porque a medida que el lector va avanzando en su recorrido por el texto aprende que el ojo de ballena, como el ojo de poeta, es un poco miope. Necesita acercarse mucho a las cosas, gesticular, sentir su textura también con los otros sentidos. El ojo de ballena toca y es tocado por todo aquello en lo que se detiene porque, como ya había adivinado Descartes, la vista y el tacto colaboran en una especie de sinestesia recicladora que deambula por el Bajo, por la cumbia, por los lenguajes de la tecnología y el candy crush o la placita de EDET, donde las quinceañeras insisten en sacarse fotos. La “provincia más dulce del mundo” es un carnaval de lo particular y de lo irregular, un bazar de texturas únicas y bizarras que se conoce cuando se lo habita y que se navega con el cuerpo, generalmente a tientas.
Es así como el yo lírico de Olivé va avanzando sobre un territorio inexplorado donde “alivia el sonido del agua” y que se conquista entrando sin permiso, sin adhesiones abstractas o tradiciones congeladas porque de lo que se trata es de romper. Romper la cadena genética, el ADN, las expectativas del lector, la casita de las muñecas. Devenir animal o monstruo no consiste tanto en imitar, identificarse, avanzar o retroceder sino en una especie de alianza donde ese otro potencia lo propio. Algo cambia en el poemario cuando aparece la ballena y su mirada luminosa y miope. Porque el ojo miope de la ballena –y el del poeta, claro– insiste en interrogar el mundo que nos rodea, en no distinguir con claridad los contornos, los límites obligándonos a mirar todo como si fuera la primera vez y a empujar hacia adentro y hacia afuera los límites de la poesía.
© LA GACETA